/ enero 9, 2022/ desde mi torre de Montaigne, Reflexiones

Dios a muerto. Busquemos otro, un mesías, un vendehumo, lo que sea. Lo que sea menos esta incertidumbre, esta zozobra, este sin vivir. Dios a muerto ¿y quién se hace responsable ahora de esto? A quién le decimos “A ver ¿dónde está el encargado?”

Nietszche mató a Dios y creyó que vendría el superhombre, aquel que no necesitaría a nadie ni a nada. Pero el hombre (y la mujer) es débil y empezó a buscar aquello que le garantizase su vida sobre esta tierra. El siglo XX fue el siglo de los avances técnicos y sociales, en Europa se pasó de una esperanza de vida corta, con miles de bebés muertos que no llegaban a la edad del destete y decenas de miles de personas que morían por causas que hoy son poco menos que insignificantes, a poder disfrutar de una vida larga. El progreso, las máquinas, en eso empezó a creer el hombre “y es que hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad”, léase cantado con el tonillo de famosa zarzuela.

Y entonces llegó una guerra, una como no se había visto nunca, precisamente por el carácter industrial que tomó cuando se usaron con saña las eficacísimas armas y los gases letales. Incluso se usó el reciente invento del avión para matar al enemigo, por fin el hombre lograba el sueño de volar como los pájaros y una de las primeras aplicaciones que se le dio fue la de matar. En definitiva fue una guerra en la que los contendientes no tuvieron más remedio que esconderse bajo tierra y esperar a que el enemigo se desangrase antes que ellos. Millones de muertos hicieron que Europa dejase de pensar en dioses y en superhombres, el que estaba vivo lo celebraba.

Después llegó la siguiente como un segundo acto de la primera, más brutal y atroz, más industrial y más despiadada, nadie estaba a salvo, cualquier ciudad o aldea era susceptible de ser arrasada. Y qué decir del holocausto, de la solución final para exterminar y erradicar de la tierra a todo un pueblo. El hombre no tenía Dios y no tenía remordimientos, no había nadie que nos pidiese explicaciones. Pero tras esas dos grandes catástrofes el avance de la tecnología, el acceso a alimentos de calidad, la protección social hicieron de Europa y EEUU un oasis en un mundo no siempre bien alimentado ni siempre en paz.

Y pasaron las generaciones y llegamos los que no conocimos el horror de las guerra, ni el hambre, ni la enfermedad. La esperanza de vida se había disparado hasta cerca de los ochenta años. Nuestra vida larga, cómoda, importante (no se cansaban de repetirlo en la tele) los psicólogos, los políticos. Y seguíamos sin Dios ¿quién lo necesitaba?

Y entonces llegó. Un virus de China nos cambió la vida. Derrumbó ese modo despreocupado del que puede aborrecer de la rutina por que sabe que nunca tendrá que vivir de sobresalto en sobresalto. Y entonces miramos a la ciencia, a la técnica y descubrimos que ambas avanzan sobre la duda, que ninguna era capaz de contestar la pregunta de cuánto tiempo estaría entre nosotros el virus. La gente moría y nos teníamos que encerrar en casa mientras la ciencia avanzaba en zig zag, la gente maldecía y desconfiaba. Ignorantes y sin ganas de saber cómo se alcanza el conocimiento y de que el mismo cuestionamiento es la base de su éxito, muchos se echaron las manos a la cabeza y donde antes veían firmeza y una base sólida sobre la que descansar sus miedos pensaron que todo era mentira, que no hay nada cierto ni nada inmutable, ni siquiera Dios.

Y miraron hacia falsos ídolos, como el pueblo de Israel cuando bajó Moisés con las tablas de la ley. Escucharon a aquellos que les decían: “esto no es verdad, no existe, todo es mentira, todo es un montaje para controlarnos. Hazme caso a mí que yo sí se lo que ocurre”. Ofrecían certeza a precio de saldo, intelectualmente defectuosa y comercialmente rentable, pero al fin y al cabo certeza. El hombre ha creído los cuentos desde el principio de los tiempos sobre todo aquellos que le tranquiliza y que le hacen dormir más tranquilo por las noches.

Ya lo dejó escrito León Felipe:

que la cuna del hombre la mecen con cuentos,

que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,

que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,

que los huesos del hombre los entierran con cuentos

y que el miedo del hombre…

ha inventado todos los cuentos.

…”

Nietszche esperaba que el superhombre se impusiera, aquel capaz de vivir sin Dios, sin ídolos, aquel capaz de asumir nuestra debilidad y la incertidumbre, aquel que reconoce que vive en una enorme roca flotando en medio del espacio y que no tiene ni idea de nada o casi nada. Creyó en el superhombre pero de momento el hombre (y la mujer) a menudo prefieren creer un cuento y arropar a sus hijos todas las noches pensando que hay una explicación para todo.